Ricardo Rubén Romero
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El cáncer de piel tiene una relación directa con la exposición al sol, especialmente en el horario entre las 11 y las 16 horas. Por eso podemos observar a los beduinos protegerse de la exposición al sol con prendas que los cubren desde la cabeza hasta los pies.
Enrique Fowler Newton en su libro “Contabilidad e Inflación” demuestra matemáticamente que los rubros “expuestos” a la inflación (así como la piel al sol) son los que determinan en la empresa la pérdida por inflación. Los rubros expuestos a la inflación son, particularmente, el dinero y los depósitos bancarios con interés por debajo de la inflación, asi como créditos que otorguemos sin el debido resguardo inflacionario, son rubros sujetos a generar el cáncer de piel, ante el aumento sostenido de precios que proviene del sol de la inflación. Pero en este desierto inflacionario hay beduinos que tienen mercaderías en los estantes, bienes inmuebles, oro o monedas fuertes en lugar de pesos, que no están expuestos al sol y, por lo tanto, no se enfermarán.
Que el índice de inflación trepe anualmente a dos o tres dígitos es como obligar a los asalariados, jubilados y receptores de planes y subsidios, a tomar sol desnudos entre las 11 y las 16, sin protector. Convencer a esa masa del pueblo de que no contraerán cáncer de piel, es ingenuo; también es ingenuo pensar que, esa misma masa no advierta que a los beduinos no les pasa nada y por eso no se preocupan por ellos. La inflación enferma y mata a los que están expuestos y quienes la generan no tienen atenuantes en su culpa. Esto deberían pensarlo quienes nos gobiernan desde hace 60 años en Argentina, que siempre tuvieron la gran preocupación de los “pesos cuidados” (no es un error, quise poner pesos y no precios, son los pesos que van a los bolsillos de los que están en las listas que se ponen en las urnas), y no pusieron el mismo énfasis en cuidar los pesos de los bolsillos de los trabajadores.
Los sindicatos, teniendo un poder inmenso, solo suministran paliativos para los síntomas del cáncer de piel, y no luchan con todas sus fuerzas para que se solucione el problema de fondo, cuando un gobierno cualquiera, comienza a obligar a los trabajadores a tomar sol sin ropa en el horario prohibido. ¿Por qué los sindicatos hacen paros para tener mejoras en los sueldos y no hacen paros cuando ven que la inflación interanual llega a los dos dígitos? Alguien podrá decir que ocuparse de la inflación no es su tarea pero, si se piensa en que el gremialismo debe ocuparse de mejorar la calidad de vida de sus agremiados, la cosa cambia. Una federación de gremios, como la Confederación General del Trabajo, debería oponerse con todo el poder a su alcance, a que la inflación supere un diez por ciento anual y por qué no, un cinco anual. Pero tal vez no relacionan la palabra inflación con la muerte del salario, la indignidad del trabajador al que la inflación se lo quita, la indignidad del que no tiene quien lo proteja ante tan grande flagelo. Cuando el cáncer avanza descontroladamente y comienza a comerse la esperanza de sanar, los sindicatos aplican dosis, hasta mensuales, de esa droga llamada paritaria, que solo logra que se estire la situación un poco más en medio del dolor. Y los trabajadores siguen sin tener crédito hipotecario para comprar un terreno, una casa, construir o hacer una ampliación; siempre dependen de que el Estado les dé la limosna de una casita del IPV, que deben esperar durante años.
Sentaditos como Forrest Gump
Otra triste historia tiene como protagonista a los legisladores que ven cómo año a año, el rubro Personal se come el presupuesto. Esa parte de la enfermedad del cáncer de piel sería como si supiéramos que, cuando se pierde el sol, a los asalariados los ponen bajo lámparas de rayos UV para que sigan enfermándose y los legisladores proveen las lámparas y los lugares para ir a enfermarse; en las legislaturas piensan que el Estado debe dar trabajo, mucho trabajo y, además, pagar buenos sueldos. Los punteros políticos, los familiares de estos y de los políticos de turno que llenan los cuadros medios de la administración pública, merecen una recompensa. Luego, como los impuestos no alcanzan para pagar tantos salarios a tanta gente, el Estado deja de cumplir su rol verdadero, sube los impuestos y cuando esas subas no son suficientes, aumenta la emisión monetaria y esta potencia la inflación.
La inflación nos enseña que se puede trabajar sin grieta; gobernantes de todos los partidos, legisladores de todos los partidos, gremialistas de todos los gremios, entidades intermedias de todo tipo (empresarias, profesionales, etc.), todos colaboran unidos para que cada día la inflación esté más alta. Y no van a parar de estar unidos hasta verla en los tres dígitos y todos, excepto los asalariados, se quedarán sentaditos, como Forrest Gump, mirando cómo cae la pluma.